Yo todavía vivía en Villaguay
cuando lo conocí, en algún momento del año 1972. Su apellido era Robles, y le
decían “el Canuto”. Es probable que este hombre tuviera alrededor de 60 años
por entonces. Yo había cumplido 19, o estaba por cumplirlos.
“El Canuto” Robles era albañil y
comunista. Había estado afiliado a la Federación Obrera
Nacional de la Construcción y, como tal, lo había conocido a Rubens
Iscaro.
Había ido a la escuela, pero hasta que aprendió a leer y escribir. El hombre me
dijo que le gustaba hacer las dos cosas, y se notaba que era así.
Yo, había dejado de estudiar después
de repetir el cuarto año,
me había dado el gusto de tocar la batería en un “grupo de música beat” (que se
llamó “Sexto Sentido”), y me había hecho peronista.
Quiero decir, me había ocurrido lo
que a muchos de mi generación: había sido ganado por la idea que el imperativo
del momento era luchar por la “liberación nacional y social”, y que el peronismo
estaba históricamente llamado a ser el principal protagonista de esa lucha. Por
cierto, pensaba en un “peronismo revolucionario”, conducido por Perón, y en un
Perón identificado con la “patria socialista”.
La única vez que hablé con “el
Canuto” fue la tarde que lo conocí. Estuvimos charlando un largo rato, sentados
en un banco de la
plaza 25 de Mayo. El tema fue el peronismo. No me acuerdo si
ya se había producido, o era inminente, el primer retorno de Perón.
Para “el Canuto”, Perón era
“nazi-fascista”, sin vueltas. Tengo bien presente que me dijo: “Uds., los
jóvenes peronistas, no saben, o no quieren enterarse, de que Perón siempre ha
sido fascista, y que nunca dejará de serlo”.
Yo, que por entonces leía con
unción los libros de Hernández Arregui, Puiggrós, Cooke, Jauretche y Ramos, le respondí
que no me extrañaba que me dijera eso, porque los comunistas, al igual que los
socialistas, nunca habían entendido a Perón ni al peronismo. Que, por eso,
desde el 45 en adelante, ellos habían marchado en una dirección y el “pueblo”
en otra. Y que, por eso mismo, él era, según me habían dicho, el único
comunista que había en Villaguay (hoy pienso que esto no debí habérselo dicho).
Todavía me parece escucharlo a “el
Canuto” preguntarme: “¿Lo conoce a Ottalagano, o sabe quién es?”. Yo le
respondí que había oído hablar de él, pero que no lo conocía (lo que era
cierto). Él murmuró: “no lo conoce…”, o algo así, hizo un silencio y, al cabo, me
explicó que Ottalagano era un fascista confeso desde antes del nacimiento del
peronismo, un nacionalista que creía que perseguir a comunistas y judíos era
servir a la patria, en fin: un peronista acostumbrado a portar pistola o
cachiporra. También me comentó que Ottalagano tenía amigos en Villaguay, y me nombró
dos o tres peronistas “de la primera hora”, que tenían fama de “nazionalistas”
(un termino propio del repertorio “jauretcheano”). ¿Los conoce?”, me preguntó. Le
contesté que sí, pero que sabía poco y nada de ellos (lo que no era del todo
cierto). “Bueno”, me dijo, “acuérdese lo que le digo: si hay elecciones, gana
el peronismo, entonces va a saber lo que es bueno…”
El hombre me hizo unas cuantas preguntas
y otros tantos comentarios por el estilo, pero yo “no aflojé”: le reproduje, lo
mejor que pude, las críticas que mis referentes intelectuales le hacían a la
“izquierda cipaya”.
En realidad, ninguno de los dos
“aflojó”, y así se nos fue la tarde. Recuerdo que en cierto momento me quedé
callado, y entonces, “el Canuto” (que tal vez intuyó que era mi intención
despedirme) se puso a recitarme los versos de un largo poema en homenaje a los
soldados del Ejército Rojo que combatieron, y vencieron, en la batalla de Berlín
(abril/mayo de 1945). Cuando terminó su recitado me aclaró, yo diría que
rebosante de orgullo, que se trataba de un poema escrito por él, unos meses
después de aquella batalla, que puso fin a la Segunda Guerra
Mundial en Europa. Y que él se lo había recitado, en persona, al “camarada
Codovilla”.
Santa Fe, diciembre de 2011.
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